La inteligencia artificial (IA) ha salido del laboratorio y se ha instalado en la agenda del comité de dirección. Ya no es una conversación reservada a los equipos técnicos: empieza a ser un factor que pesa —y mucho— en la empleabilidad de los ejecutivos. Ese fue el mensaje central del encuentro que mantuvieron recientemente en Madrid Alberto Terrón, Socio de Iberia en Seeliger&Conde – Kingsley Gate, y Alex Valls, CEO de WeArtificial y director académico de Factor ‘IA’.
En su análisis, ambos coincidieron en que el directivo que se limita a ejecutar —por brillante que sea— pierde terreno frente al que sabe orientar, decidir y liderar en un contexto donde muchas tareas pasan a resolverse en minutos. “La IA no te enseña a hacer cosas, sino que directamente te permite hacerlas”, resumió Valls. Y ahí aparece la diferencia: cuando hacer deja de ser escaso, lo valioso es saber qué hacer, por qué y con qué consecuencias.
Más visión, menos oficio: el nuevo mapa del valor
Durante años, el perfil más cotizado era el del especialista que dominaba su área al detalle. Hoy, ese modelo se ensancha. La IA permite a un líder ampliar su radio de acción y ser funcional en ámbitos que antes le quedaban lejos —desde el análisis avanzado de información hasta la generación de ideas o la estructuración de una propuesta— sin necesidad de dominar un software al milímetro.
En este nuevo escenario, construir planes de negocio, presentaciones o prototipos tiende a un “coste marginal cercano a cero”. Traducido: producir más ya no distingue. Si lo que antes requería días de trabajo ahora puede hacerse en una tarde, la empresa deja de premiar la carga operativa y empieza a exigir otra cosa: criterio.
La ventaja competitiva se desplaza hacia quien es capaz de proponer, sintetizar y poner en duda lo que devuelve la máquina. Porque la IA acelera, sí, pero no piensa por ti: el diferencial sigue estando en el juicio humano, en la lectura del contexto y en la capacidad de marcar un rumbo claro cuando la información se vuelve infinita.
Dos años para no quedarse fuera
Terrón puso un plazo encima de la mesa que resonó en la sala: dos años. Hoy, en muchos procesos de selección, la competencia en IA aún se percibe como un extra. Pero el mensaje fue claro: esa fase de ajuste tiene fecha de caducidad y el cambio pasará a ser estructural en un horizonte máximo de 24 meses.
¿La razón? No es un titular fácil, sino la velocidad de adopción. En ese periodo —apuntaron— el mercado espera que los directivos adquieran la destreza suficiente para liderar organizaciones que podrían automatizar hasta el 80% de sus tareas operativas. Pasado ese umbral, la falta de estas capacidades dejará de ser una anécdota para convertirse en una barrera real en la alta dirección: no como moda, sino como requisito.
Cuanta más tecnología, más pesa lo humano
La paradoja es que, cuanto más se integra la IA, más crítico se vuelve el factor humano. Cuando la tecnología se hace cargo de lo repetitivo y transaccional, las habilidades de liderazgo —las que no se subcontratan a un algoritmo— ganan protagonismo.
El directivo del nuevo ciclo tendrá que motivar a equipos que conviven con la automatización, sostener una cultura corporativa sólida en organizaciones más deslocalizadas y remotas, y reforzar el encaje cultural en entornos dinámicos. En otras palabras: el éxito deja de medirse solo por la fiabilidad en la ejecución y pasa a evaluarse por la capacidad de inspirar, cohesionar y dar sentido en plena incertidumbre tecnológica.
Porque, en la era de la IA, como ambos expertos coincidieron la pregunta no es si una herramienta te hace más eficiente: la pregunta es si tu forma de liderar te hace más relevante.

















































